Tras las huellas del oso cavernario

Luis Alberto Arau Ruiz

Hace aproximadamente diez años que comencé a practicar senderismo. Descubrí que el acto de caminar –contemplativamente– por los senderos del bosque, me permite liberar el estrés que suele provocar el ajetreo y la ruidosa vida en la ciudad, además de que siempre es bueno para la salud conectar con la naturaleza y dejarse envolver por esa magia. En el camino nos cruzamos con un cortejo fúnebre que se dirigía al panteón; hasta adelante iban los nietos más jóvenes y fuertes cargando el ataúd del abuelo que acababa de fallecer; detrás de ellos les seguía el resto de la familia, amistades, conocidos e incluso una banda de músicos que tocaba con pesar y alegría al mismo tiempo. Al tiempo que dejamos atrás la periferia del pueblo y entramos en el bosque, mis pulmones se limpiaban y respiraba más pausado. Gracias al aire fresco de aquellos senderos, experimentaba una paz sublime. Cuando logramos atravesar un buen tramo en el que encontramos árboles de amate, nos detuvimos para descansar y refrescarnos. –¡Miren todos, allá arriba! –escuché exclamar a una amiga–. ¿Quién habrá pintado eso de ahí? –preguntó con sorpresa, mientras la mirábamos señalar hacia una de las paredes del cerro que nos rodeaba, aproximadamente a unos seis metros de altura del suelo

Tipo de documento: Artículo

Formato: Adobe PDF

Audiencia: Estudiantes

Idioma: Español

Área de conocimiento: BIOLOGÍA Y QUÍMICA

Campo disciplinar: CIENCIAS DE LA VIDA

Nivel de acceso: Acceso Abierto