La quimera bilingüe
Cuando pienso en cómo aprendí mi segunda lengua, esa voz ajena y extranjera que también nace de mí, inevitablemente vuelvo a Irene, mi amiga de la infancia. Conocí a Irene un verano en que mi madre y yo fuimos de visita a la casa de mi tía Ana en Laredo. Su familia también era mexicana, pero ella nunca había vivido en México y, a diferencia de mí, había aprendido tanto español como inglés desde pequeña. Recuerdo que nos hicimos amigas casi de inmediato. Juntas pasábamos las tardes molestando a los caracoles que se amontonaban en la entrada de su casa, buscando rocas con formas extrañas y trepando los pocos árboles que sobrevivían al calor extremo de julio. Aunque éramos inseparables, existía, sin embargo, una pequeña diferencia entre nosotras: Irene era mayor que yo y, como suele ocurrir en la infancia, la ventaja de la edad la convertía en una tirana de los juegos y, sobre todo, de las palabras. Cuando se molestaba conmigo comenzaba a hablar en inglés con los demás niños de la cuadra, una lengua secreta e inalcanzable todavía para mí. Y yo, llena de rabia y vergüenza, le decía que sí entendía lo que decía, mientras trataba de imitar sin mucho éxito las sonidos que salían de su boca.
Tipo de documento: Artículo
Formato: Adobe PDF
Audiencia: Público en general
Idioma: Español
Área de conocimiento: HUMANIDADES Y CIENCIAS DE LA CONDUCTA
Campo disciplinar: LINGÜÍSTICA
Nivel de acceso: Acceso Abierto
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